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Cómo
¿aprendí a leer?
Cuando la letra
con sangre entró (final)
Así fue. Comencé mi tercero de secundaria en un buen
colegio. Sus instalaciones,
al igual que
el modelo
educativo eran modernas. Era una novedad para la época
(1967). El horario había sido establecido para
tener solamente tres clases por día. Cada una de una hora y
media. Veinte minutos el profesor explicaba el tema. Otros
veinte minutos veíamos un video que reforzaba lo aprendido.
Treinta minutos para trabajar en grupo y los últimos
veinte
para realizar un cuestionario individual.
El tiempo restante, dos horas y media, la pasábamos en las
actividades escogidas.
Contaba con un excelente laboratorio de inglés, y había
bastante énfasis en materias alternativas en manualidades
(pintura, cerámica, escultura), música (guitarra, piano,
flauta, batería, trompeta, etc.) y deportes, el que uno
escogiera. Eran obligatorias las dos actividades. Así que
el tiempo se pasaba rápido y se aprendía Todas las
actividades tenían un óptimo respaldo en cuanto a profesores
y elementos.
Los profesores eran estupendos en el trato y contábamos
hasta con un psicólogo. El seguimiento a cada estudiante era
objetivo y muy riguroso.
Todo era maravilloso, pero tenía mis traumas y mi modo de
ver las cosas era otro. Las subvaloraba. En ese gran
colegio solamente estuve tres meses. Pudo más mi deseo por
vagar, ir donde unos amigos cuya mamá los crió como
verdaderos enemigos del estudio y allí apenas con 13 años me
enamoré de la hermana que tenía 19. Ellos viajaron a otra
ciudad. Un día mi madre me entregó el dinero para pagar el
colegio y con el me compre un pasaje y me fui. Necesitaba a
mi amor platónico.
Estuve tres meses fuera. Mi papá me trajo de vuelta, me
llevó nuevamente al colegio, me recibieron muy bien, me
daban todas las facilidades para terminar el año, pero no
quise. En 1968 ingresé a cuarto de secundaria. Un colegio
feo, estuve dos meses. En la casa se dieron cuenta de mi
inasistencia a los tres meses. Salía de la casa, me iba para
la biblioteca nacional y allí permanecía hasta la hora
aproximada del regreso. Todo terminó hasta que por fin
llamaron del colegio a reportar mi ausencia.
Esa misma rutina, la hice hasta el año 1969. Ingresé a
quinto de secundaria. No tenía ni idea de química, física,
etc. Cuatro meses permanecí. Iba a la biblioteca o llevaba
un libro al aeropuerto o al parque nacional. Cierta vez, mi
mamá me dijo que no siguiera así y me matriculó en un
colegio de validación. Lógicamente, ese tipo de institución
no era para un joven con esas ganas de estudiar.
Un día me canse de tanto vagar y decidí volver a comenzar.
Regrese a tercero y aunque no fue en un excelente colegio,
termine secundaria y fui bachiller clásico. Ya juicioso,
entré a la universidad. Superé esa dura época.
Mi historia transcurrió en mi ciudad natal Bogotá. Allá en
Colombia, parte de esa generación crecimos con los rezagos
del castigo escolar y también de violencia en la familia.
Las cosas fueron cambiando poco a poco.
Hoy ya es diferente. La violencia se encuentra entre los
mismos alumnos. En muchos casos los escolares agreden a los
docentes, en otros, sus padres también lo hacen. Igualmente,
se conoce de aumento de la violencia intrafamiliar y de
golpizas entre padres e hijos. ¿Qué cambió?
Cuando la letra con sangre entraba (8)
Esta vez,
la agresión física por parte de la señorita Salgado Nates,
me dejo perplejo. Además de la humillación, el dolor en el
cuello, la burla de mis compañeros, estaba el estupor de no
poder creer que a esa edad aún se tuviera fuerzas para
torturar.
No conté
nada en casa por la vergüenza y el miedo que tenía. Si mi
papá se enteraba, la emprendiera también contra mí, no me
creerían que el castigo había sido producto de la vil
costumbre de la profesora. Mi mamá seguro que también me
castigaría “por pendejo” y haberme dejado agredir. Lo mejor
entonces fue quedarme callado.
Desde ese
día memoricé todo lo que decía la profesora de religión. No
obstante, hice miles de frases como: “no debo perder el
tiempo charlando en clase” o “Dios nos ve y por eso debemos
aprovechar el tiempo”.No entendía como escudándose en Dios,
se practicaba la violencia. Los curas del colegio en el que
estuve unos pocos meses, también. Ahora esta educadora
seguía en la misma línea y continuaba sus aberrantes
prácticas con mis compañeros y todavía conmigo haciendo
esas kilométricas planas.
Pero todo
cambio luego de las vacaciones de mitad de año, cuando la
profesora quiso “degollar” a un compañero y él no hizo caso
de colocar su cuello en el marco de la pizarra. Hubo un
forcejeo y el tablero cayó, golpeando el brazo de la viejita
educadora. El resultado fue: un brazo enyesado por el resto
del año. Eso nos contaron, pero ella nunca más apareció por
el salón
Esa
experiencia me influenció tanto, que desde ese segundo grado
de secundaria ya no tenía ganas de seguir estudiando. Además
la profesora de matemáticas, una bella venezolana, me
castigaba a cada rato por que no entendía sus explicaciones.
Entonces hacia donde mirara, oyera o me dirigiera estaba
presente el castigo como una forma de educación.
No recuerdo
porque razón, ese colegio solamente ofrecía enseñanza hasta
el segundo de bachillerato. Así que únicamente estuve un año
bajo ese ambiente. Luego, por razones que no vienen al caso,
tuve que ir solo a conseguir en donde seguir estudiando.
Lógico que buscaría el más malo bajo la consigna que entre
peor fuera, era posible que no encontrara ambientes de
terror.
Fue a
partir de ese momento que mi vida escolar fue de fracaso en
fracaso. Recuerdo que las clases de algebra, química,
física, trigonometría, eran toda una sesión de tortura. Sus
profesores eran verdugos. Sentía que tenía un imán con
ellos, pues siempre me escogían para pasar al tablero. Odié
esas asignaturas. Debido a ese miedo, hice unos pocos meses
de tercero, otros de cuarto y algunos de quinto.
En esa
época recién el ministerio de educación había aprobado las
validaciones. Así que ese fue un pretexto que usé para pasar
de curso en curso. Claro que el asunto no fue así de fácil.
Tuve que regresarme para empezar tercero y terminarlo. Así
los demás años. Cuando por fin lo logre ser bachiller, ya
pasaba los 20 años y mi educación fue una farsa total, pues
conocí los peores colegios. Afortunadamente, mi hábito por
la lectura me protegió contra los males que acechaban a
todos los vagos de esa, mi generación.
Cuando la letra con sangre entraba (7)
Transcurrieron los años y seguí
viviendo la violencia al igual que la gran mayoría de
escolares de mi generación. Aunque los castigos físicos iban
en disminución, los educadores de más edad que aún seguían
en las aulas, la practicaban y no dejaba de aparecer por
ahí, alguna maestra o maestro joven, con ímpetu de domador.
Luego de que mis padres decidieron
retirarnos del colegio en donde cursaba quinto de primaria,
pasamos junto con mi hermano unos meses en casa. Claro que
allí, también vivimos uno que otro golpe en la cabeza o el
tradicional grito “no sea imbécil o bruto”, que nos lanzaba
mi papá. Aún así estábamos felices de no madrugar.
Fueron unos dos meses, más los 30
días de vacaciones de mitad de año. Luego nos matricularon
en otro colegio pequeño muy cerca de la casa. Ahí terminamos
la primaria.
Ese tiempo fue absolutamente ajeno
a cualquier forma de violencia, pero no porque fuéramos
bueno estudiantes, sino porque jugamos más que lo que
estudiamos.
En cambio la entrada a la
secundaria si fue más traumática. Cambiamos de casa, de
barrio y obviamente hubo que buscar un plantel que nos
quedara cerca. Nuestros progenitores no contaban con el
tiempo para llevarnos o recogernos. Nuestro padre estaba
recién egresado de la universidad y apenas comenzaba a
trabajar. Mi madre, atendía a 10 hijos y además se
desempeñaba como modista.
El colegio elegido fue “De Nariño
y Salgado Nates”. Nunca entendí ese nombre. Funcionaba en
una elegante casona de esquina, frente a un parque. Lo único
que supe era que sus propietarias eran las señoritas Salgado
Nates, que ya frisaban los 75 años. La mayor dictaba
religión y la otra urbanidad.
Obviamente las directoras eran el
modelo de la educación de principios del siglo XX y que
funcionó así hasta finales de la década de los 70. No se
podía disentir. Las lecciones se daban estrictamente de
memoria. Los modales se aprendían y se debían practicar en
todo momento. Tanto, que las viejecitas se asomaban por las
ventanas de su colegio para ver como nos comportábamos a la
hora del recreo que era en el parque.
Un día, en clase de religión,
mientras la profesora explicaba, me distraje y ella se dio
cuenta. Me preguntó y no supe que responder. Sus lentes
brillantes dejaban ver una mirada llena de furia. Fue hasta
mi sitio me cogió de la oreja y me llevo al lado de la
pizarra.
Esta era un tablón de color
verde, montada en un marco pintado de marrón y con dos patas
que permitían cambiarla fácilmente de sitio. La pizarra
podía voltearse y así el profesor continuaba escribiendo sin
tener que borrar de inmediato..
Pues la señorita Salgado Nates,
levantó unos centímetros la pizarra, me metió la cabeza
entre el marco y la tabla y presionó. Sentí que mi cabeza se
caía, afortunadamente ella no se sintió en ese momento
haciendo el papel de verdugo profesional o si no…….a
esa edad tan tierna hubiera perdido ya la cabeza.. De ahí en
adelante con ella aprendí lo que era hacer kilométricas
planas con frases como: Debo de ser buen estudiante, o debo
mirar mal a mis profesores.
Cuando la letra con sangre entraba (6)
Mis estudios de primaria
transcurrieron normalmente hasta cuarto. No fui reprendido,
es decir castigado físicamente, por razones de estudio. El
colegio en donde cursé cuatro años se llamaba muy
tiernamente: Blanca Nieves.
Allí estudiamos cuatro hermanos.
Tres más y por lo chatos, hubiésemos sido los nuevos
protagonistas del famoso cuento.
Ese plantel lo dirigía Carmencita.
Qué trato tan amable el que tuvimos allí, pero de un momento
a otro cerró su colegio. Así que mis padres se encargaron de
buscarnos otro.
Y llegamos al Sagrado Corazón. No
los cuatro, pero si con mi casi gemelo, Gabriel. Una
comunidad religiosa lo dirigía y allí sí que nos hicieron
llorar y hasta orinar del miedo.
El castigo clásico era el de los
golpes con una regla de madera en la palma de la mano. Y eso
no era nada. Según me contaba mi abuelo Carlos, en su época,
su padre hizo del cuero de una res, un rejo con cinco gajos.
Así que cada golpe se quintuplicaba. ¡!!¡ufffffff¡¡¡¡
Bueno, en ese colegio había un
cura extranjero, quien se desempeñó como el verdugo. Varias
veces nos golpeó en las manos con un palo y también nos
cacheteó.
Ese trato nos hizo temerle al
colegio. Mi hermano estaba más aterrado que yo. En varias
ocasiones, con tal de no asistir, inducimos el vómito o nos
dio repentinamente fiebre, después de poner el termómetro
cerca al foco de la lámpara.
No aguantamos tanta presión. Una
vez lloramos tanto y de tal forma, que mi mamá por fin nos
pidió que le contáramos cual era el motivo de nuestro miedo
para ir al colegio.
Así que al enterarse, nos retiro.
Pero obvio, en la casa tuvimos que estudiar o sino las manos
de nuestro padre nos lo hacia recordar.
Por esa época, mi hermano Mauricio
estaba estudiando en un colegio cercano. Cierto día mi
abuelo me llevó al mercado y teníamos que pasar por ese
lugar. Cual sería nuestra sorpresa al ver en el patio de ese
establecimiento educativo, a nuestro pequeño familiar
arrodillado, con las manos extendidas y sobre cada una: ¡un
ladrillo!
Le dije a mi abuelo que entráramos
y lo rescatáramos. Me cogió muy fuerte de la mano y me dijo:
- No jovencito. Están
educando a su hermano. Quien sabe que hizo, Cuando salga que
nos cuente. A mi me educaron con castigos peores.
Y seguimos como si nada hubiese
pasado. El corazón casi se me sale de la angustia.
Cuando llegamos a la casa,
llorando le conté a mi mamá esa terrible escena. Ella le
hizo el reclamo al abuelo, sobre el porqué no había entrado
y lo había librado de ese castigo.
El viejo repitió lo mismo que ya
sabía, pero con dato adicional bárbaro.
-- Yo aprendí a leer, escribir,
sumar y restar en la finca de mis padres. Y todo fue con
castigos. Por eso soy educado, tengo buenas maneras, no digo
lisuras, respeté a los mayores y……
-- Pero abuelo, le interrumpí,
¿también le ponían ladrillos o le pegaban con un palo?
-- Peor que eso, respondió
extremadamente serio. Para castigarnos, mi papá hizo una
correa especial. De un pedazo de cuero de vaca, cortó un
pedazo y le hizo cinco cortes. Lo dejo secar. Luego lo metió
al agua un buen tiempo y lo sacó para que secara otra vez.
Cuando estuvo listo ese rejo, nos llamó a todos y nos dijo:
-- Les presento a don Pedro
Moreno, que quita lo malo y pone lo bueno. De ahora en
adelante el me ayudará con su educación.
-- A los pocos días, yo fui el
primero en estrenarlo, contó mi abuelo, con una risa
extraña. La diferencia de don Pedro Moreno con otras
correas, era que cada cuerazo, valía por cinco. Esa vez, me
gané cinco.
-- Y aquí estoy, finalizó.
Cuando la letra con sangre entraba (5)
Por E. Jhonny López
Recordando este último episodio,
daba gracias porque en esa época, fue un coscorrón y no un
golpe en la parte anatómica correspondiente a mi pregunta.
Muchos años después le recordé a mi papá ese episodio y me
dijo:
“Te pido me disculpes y por favor
nunca vayas a transmitirle a tus hijos la violencia que yo
viví, que fue la misma que mi padre soportó y que así fue a
través del tiempo. Ojala puedas ir cambiando la cadena del
maltrato, con eslabones de compresión”. Unas lágrimas se le
escurrieron. Le acaba de facilitar una forma de desahogo.
Bueno, en la medida que crecía,
más acceso a material bibliográfico tenía. Y en esa misma
medida otros conflictos creaba, pero esta vez con mis
compañeros de aula. Pese a esa tremenda timidez que me
acompañaba, intentaba participar en las clases, obvio que
menos con las que tenían que ver con números y figuras
geométricas.
En español, leía y escribía
aceptablemente. Me fascinaba la historia y me complicaba con
las reglas de comportamiento del inolvidable Carreño en su
manual de comportamiento. Obviamente los profesores me
tenían en cuenta para preguntarme algunas cosas y eso
mortificó a más de un compañero.
- Miren el ejemplo de
López.
- Preocúpense por leer
como su compañero López.
- …el único que sabe el
significado de esa palabra es López.
- ……es que
López…..aprenda de López…..
¿Qué creen que pasó? Eso. Lo que
hoy llaman bronca, ese mismo sentimiento lo tuvieron muchos
de mis compañeros. Y por destacarme, por gustarme la lectura
y por ser notorio en el aula, las letras que con sangre
aprendí, muchas veces estuvieron a punto de salirse debido a
los puñetes y puntapiés que mis envidiosos compañeros me
propinaron
Pero también en mi hogar tuve
algunos inconvenientes, pero con mi hermanos mayores.
Era un orgullo para mi mamá, que
su flaco hijito leyera así de bien. Cada vez que llegaba
alguna visita me llamaba y ya sabía que sus amigas acababan
de enterarse de mis aficiones y de la capacidad de leer en
voz alta.
Así que muchas veces asombré a los
mayores, amigos de mis padres, y avergoncé a mis hermanos.
Regularmente, luego de mi presentación y de una breve
lectura, salía con monedas y algunas veces con chocolates.
Tuve hasta mis admiradoras.
Esta situación la supo aprovechar
mi hermano Gabriel, quien al acecho estaba cuando con el
dinero abandonaba la sala. Más de una vez me arrancó de la
mano mi premio o me obligó a ir con él hasta la tienda para
comprarle algún antojo. Cuando me sublevaba entonces se
iba para la calle y esperaba que yo lo hiciera.
Estaba por llegar a la bodega y me
arrojaba piedras. Varias me escalabraron y muchas veces
sangre me salió. Muchos chichones nacieron en mi cabeza. Mi
abuela los disminuía con limón y un cuchillo que frotaba
sobre el. Eran dos dolores, uno por el golpe y otro por
salir de su efecto.
Así que tuve una inusual compañera
que me protegió: Una caja de cartón que me puse sobre la
cabeza, después de hacerle unos huecos, para poder ver por
donde caminaba. Todo eso…… por saber leer.
Cuando la letra con sangre entraba (4)
Por E. Jhonny López
Muchas cosas
favorecieron mi crecimiento como niño bien informado. Como ya lo
dije el ejemplo lector y mi introversión, ayudaron, pero también que
esa época era de muy pocas distracciones. Había un radio
grande, en donde la familia unida escuchaba, las novelas del
momento. Igualmente se sintonizaban las noticias. Esa parte
netamente auditiva, sumada a la lectura, pues permitía crear mundos
fascinantes en donde se soñaba jugando o se jugaba para soñar. La
televisión ya existía, pero a mi cuadra se demoró muchísimo en
llegar.
Ya con la anuencia de los mayores
de la familia leía sin ningún inconveniente. Gozaba de
libertad para leer lo que llegara, pero cuando de hacer
preguntas se trataba, mi cabeza corría el riesgo grande de
ganarse su tradicional cocotazo. Claro, un niño de seis
años, lector de tiempo completo, requiere de alguien que
haga de diccionario oral. Quien más me servía, era mi tío,
quien especialmente los fines de semana me absolvía las
dudas Otras veces mi abuelo. En cuanto a mi papá lo pensaba
mucho, pues me acordaba de sus reacciones a la hora de la
lectura que se hacía "sagradamente" antes de almorzar.
Pero en mi candidez y ganas de
mostrarme ya como un lector todo terreno, como dirían ahora,
decidí hacerle una pregunta a mi padre. Estaba él en el
comedor. Leía un material relacionado con su estudio. Me
acerqué y le interrogué:
-- Papi, por favor me puedes
explicar qué son testículos.
Fue como si le acabara de hacer
algo. Saltó del asiento, se puso colorado, me miró y zas, un
cocotazo cayó en mi cabecita.
--¡Qué está leyendo? !Vamos me
muestra esa porquería de libro que tiene escondido¡
Y me agarró de la mano y casi
arrastrándome me llevó a la habitación. Mis hermanos miraban
atónitos la escena. Sobre mi cama estaba el libro culpable:
Lecciones de Defensa Personal. El párrafo en cuestión
explicaba: "Tome a su adversario de los testículos......"
Observé la expresión de vergüenza
de mi papá. Pero no me dijo nada. Salió silenciosamente.
Mucho después, ya viejo, comprendí que esa educación ultra
religiosa, más las imperfecciones de la época y las de mi
padre y una pregunta "sexual" de un niño, no cayeron nada
bien para el momento y menos para ese contexto social en que
me desenvolvía.
Cuando la letra con sangre entraba (3)
Por E. Jhonny López
No
había nada que hacer. El miedo a los cocotazos, o de pronto
a unos correazos era grande. Lo
mejor era permanecer escondido. Pasaron algunos minutos y la
voz de temblorosa de mi mamá se escuchó en la habitación del
tío Jaime:
- Jaime, le dijo, ¿usted no notó
nada raro en el comportamiento de ese niño?
-No, nada, además a esa edad que
extraño puede haber. Debe de estar aquí en la casa, en
alguna parte. Ya se ha averiguado en el vecindario y no lo
han visto. Dicen además que últimamente sale poco. Alguien
preguntó si lo tenían castigado.
Mientras tanto, allí a pocos
metros, en medio de tantos libros y revistas, tendido en el
piso, el miedo a salir me hizo dormir. No se cuanto tiempo
pasaría pero seguro que estaba soñando que amanecía en la
isla en donde estaba y el sol me cayó sobre los ojos.
Acababan de halar la puerta.
No alcance a abrir sino un solo
ojo, cuando la voz del tío resonó: Aquí está, vengan. De
inmediato y como mecanismo de defensa comencé a llorar. En
tropel subió toda una manada. Y entre ellos había hasta un
policía, claro el que cuidaba la cuadra. Mi papá fue el
primero en llegar y cuando me tomo de la mano y me iba a dar
el primer golpe, mi mamá lo detuvo:
- No Álvaro, esta vez no lo
castigue. Preguntémosle que ha pasado, pero luego que coma
algo. Y protegido por ella, nos abrimos paso en medio de la
familia, vecinos, policía y hasta el bodeguero andaba por
allí.
Después de un café muy caliente y
unos emparedados de queso y jamón, mi madre me puso la
pijama, me acostó y con ternura me dijo que le contará
porque me había escondido.
- Estaba leyendo en el cuartito
de Jaime. Eso lo hago hace tiempo. Me encierro y como el
llega hasta la noche pues aprovecho y leo sus revistas, el
periódico y leo y ojeo libros.
- Pero porque no había dicho
antes, me respondió.
- Porque la abuela me ha
prohibido que coja las cosas que no son mías. Una vez me
pellizcó para que no lo hiciera. Pero me gusta leer.
- Bueno, hablaré a ver como
arreglamos este asunto. Mientras tanto le contaré a su papá
para que se tranquilice y no le vaya a castigar. Que duermas
y me dio su bendición.
Desde esa noche tuve autorización
de mi tío para leer sus publicaciones y nada menos que en la
sala, en su sillón favorito. Y él fue quien comenzó a
comprarme libros y a indicarme en su biblioteca cuales eran
interesantes.
Mi papá me puso a leer en voz alta
la vida de San Juan Bosco, antes de almorzar. En todo caso
fue un excelente ejercicio, aunque algunas veces me gané uno
que otro cocotazo.
Hasta ese momento creí firmemente
que ya por el resto de mis días no recibiría ningún castigo
por algo que tuviera que ver con la lectura, pero me
equivoqué. La cultura de la letra con sangre entra, aún
estaba vigente en algunas mentes.
Cuando
la letra con sangre entraba (2)
Por E. Jhonny López
Rememoraba, como poco a poco me
fui convirtiendo en la clandestinidad en un ávido lector. Al
hacerlo, confieso que en mi gusto por la lectura tuvieron
influencia mi papá, su hermano Jaime, el esposo de una tía y
obviamente Merceditas, la profesora que me pellizcó para
que aprendiera a leer.
Mi papá leía mucho por varias
razones: Estudiaba en la universidad, trabajaba para la
parroquia y era devoto católico. Por lo tanto, siempre lo
relacioné con los libros. Además a la hora del almuerzo,
antes de orar, leía apartes de la vida de un santo y
preguntaba. Quien no respondía, se ganaba un cocotazo y a
almorzar a la cocina.
Mi tío estaba suscrito al diario
El Tiempo, cada semana llegaba la revista deportiva
“Estadio” y cada mes, Life en español y Selecciones. Tuve
también una influencia del esposo de una tía que era alemán.
Le llegaban cantidad de revistas en ese idioma. No entendía
nada, pero la capacidad de expresión de las fotografías lo
decían todo. Además lo escuchaba en su español enredado,
hablar con propiedad de muchos temas.
Estos ejemplos más la capacidad
para leer y el reto de hacerlo como los grandes me motivaron
tanto que comencé a las escondidas. Claro, en esa época, un
niño no podía leer cualquier impreso pues podía encontrar
algún material no apto para su edad y también podía
romper el texto que leía. Además se destacaban ciertas
características de personalidad como la timidez lo cual me
permitió sentirme mejor con los libros y revistas.
Imitaba a mi padre. Tomaba un
libro y lo leía mientras caminaba por el corredor de esa
amplia casa. Claro, al comienzo una que otra caída. Miraba
los textos de la universidad e intentaba descifrar o de
pronto me atrevía a preguntarle sobre algún significado con
el riesgo de ganarme otro cocotazo por no saber o por
atreverme a mirar algo que no era mío, o por ser material de
adultos, en fin.
El material que llegaba a mi tío
era colocado sagradamente sobre el escritorio de su
habitación. Hasta allí llegaba pero como la puerta
permanecía abierta, varias veces mi abuela me pillo leyendo
y me pellizco o regañó por leer lo que no era mío: “Ni ojo
en carta ni mano en plata”, me repetía.
Parecía como si leer fuera un
delito. Fue así como descubrí lo fascinante que es leer a
escondidas, a la luz de una vela y porque no, chamuscando y
a punto de hacer incendios.
La única alternativa era
escondido. En mi casa lo hacía escondiéndome en una alacena,
a la que afortunadamente le entraba luz. Donde mi tío,
guardándome en un cuartito que quedaba dentro de su
habitación y que él usaba como bodega de sus publicaciones.
Era espectacular. Allí se concentraba el olor del papel y se
apretaban libros y libros de tal forma que parecía que
algunos títulos podría saltarse y salir volando.
Era el caso de la colección de
libros de Emilio Salgari y de la enciclopedia de La
Juventud, material que lentamente fui digiriendo y con los
cuales me inventé las más grandes aventuras.
Bueno, la puerta del cuartito aquel
tenía sus dificultades para abrir. La única forma de
descifrarlo era mirando como mi tío accionaba la
llave y que otra maroma hacía. Con la disculpa de una
tarea basada en una enciclopedia pude por fin darme cuenta
cómo se abría la puerta. Desde ese momento y casi por un
año tejí en las tardes viajes y más viajes a todos los
rincones del planeta y….!todo gratis¡.
Bueno eso pensé hasta que un día
me quedé dormido, pasaron las horas y como no me vieron,
llamaron a la policía. La búsqueda fue intensa, el
vecindario se movilizó. Las lágrimas rodaron y cuando me
desperté, mi tío ya estaba ahí en la habitación. Ahora sí
que debía quedarme allí.
Cuando
la letra con sangre entraba (1)
Por E. Jhonny López
Hace unos días
observé en una revista la portada de la cartilla La Alegría
de Leer. Sí, ese texto en donde mis hijos efectivamente
leyeron y lo hicieron contentos. Sin traumas ni nada que se
le parezca. Recordé entonces que mi proceso para ser lector
fue todo lo contrario. En esa época, comenzando los años 60,
quedaban los rezagos del régimen del terror educativo; aquel
que mis padres y sus padres y demás padres lo recordaban
con los ojos desorbitados y voz temblorosa…..cuando la letra
con sangre entraba.
Y así fue. Las
vocales, el abecedario y mis primeras palabras fueron
pronunciadas con voz entrecortada, las piernas coloradas y
las lagrimas rodando. Merceditas me enseñó a formarme como
lector: Una cartilla que se llamaba Charry, sus uñas largas,
voz gruesa, mirada disecada y repita una y otra vez, así
aprendí.
Por ello mi primer
razonamiento tuvo que ver precisamente con la lectura:
Para aprender a
leer se necesitan pantalones cortos: así la profesora puede
pellizcarte mejor en las piernas cuando lees mal.
Imposible de
olvidar entonces, ese dolor que subía y se quedaba ahí
hasta el otro día, cuando la marca que desaparecía era
reemplazada por otra.
Los fines de
semana, la tortura llegaba y esas veces era por el lado
paterno.
Venga a leer.
Sí señor.
A ver en donde van
La i con la gle……
¿Con qué papá?
Bueno, ¿entonces
que dice ahí?
Iiiii gleeee siiii
aaaaaa
¿Y ahí?
Mmmmmm, ahhhh ¿no
sabe?
Y me ganaba un
coscorrón. ¡A ver! y otro y cuando ya iba a decir pum, el
otro. Entonces el viejo se justificaba diciendo:
- ¿Se da cuenta?
para que lea bien, hay que pegarle
Entonces mi
cerebro fabricó el segundo racionamiento:
Demórate en decir
la palabra correcta. Sólo así el coscorrón tardará en llegar
a tu cabeza.
Apenas tenía
cuatro años. Era un suplicio levantarse para ir al salón de
tortura, que diga de clases. El inolvidable colegio se
llamaba Josefa del Castillo. Era de esos planteles de barrio
y dirigido por una amiga de mi mamá. Llegue allá porque mi
hermano Gabriel, dos años mayor, no quiso asistir solo al
kínder. Me necesitaba a su lado, para hacerme llorar por el
camino con sus diabluras o reírse cuando por su culpa me
castigaban y me ponían un gorro puntiagudo que decía burro y
así modelaba toda la clase en un rincón del salón Y
mientras a él lo mimaban, a mí, a la fuerza, me inyectaron
una a una las letras.
Sigamos antes que
mis recuerdos traumáticos se enreden en la telaraña del
tiempo. Cuando ya pude desenvolverme en el mundo de los
letrados, más golpes me daba la vida.
Mi papá estaba
suscrito a un periódico. Mi tío a las revistas Selecciones y
Life en español.
No sabía a esa
edad de lo importante que es no leer las publicaciones
ajenas cuando están nuevas. Aprendí que nada molesta más a
un suscriptor que encontrar que otros ojos y manos han
manoseado su material de lectura y peor aún, que les hayan
roto el plástico que las protege. ¡Violación1¡
Si, cabizbajo lo
reconozco, a los cinco años y con esos deseos de leer,
cometí excesos. Pagué mis culpas con más coscorrones, pero
me volví un experto en leer todo lo que llegaba sin que se
dieran cuenta del ilícito.
3 Historias de
Amor .. al Libro
Con
este titular, la periodista Lucero Rodríguez G. del
diario El Tiempo de Bogotá, publicó el pasado 23 de
abril, tres crónicas de personajes que viven del amor a
la lectura. Las historias son tan distantes en sus
vivencias, pero tan afines en sus sentimientos, que bien
vale la pena leerlas.
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