Cómo ¿aprendí a leer? Cuando la letra con sangre entró (final) Así fue. Comencé mi tercero de secundaria en un buen colegio. Sus instalaciones, al igual que el modelo educativo eran modernas. Era una novedad para la época (1967). El horario había sido establecido para tener solamente tres clases por día. Cada una de una hora y media. Veinte minutos el profesor explicaba el tema. Otros veinte minutos veíamos un video que reforzaba lo aprendido. Treinta minutos para trabajar en grupo y los últimos veinte para realizar un cuestionario individual.
El tiempo restante, dos horas y media, la pasábamos en las actividades escogidas. Contaba con un excelente laboratorio de inglés, y había bastante énfasis en materias alternativas en manualidades (pintura, cerámica, escultura), música (guitarra, piano, flauta, batería, trompeta, etc.) y deportes, el que uno escogiera. Eran obligatorias las dos actividades. Así que el tiempo se pasaba rápido y se aprendía Todas las actividades tenían un óptimo respaldo en cuanto a profesores y elementos. Los profesores eran estupendos en el trato y contábamos hasta con un psicólogo. El seguimiento a cada estudiante era objetivo y muy riguroso. Todo era maravilloso, pero tenía mis traumas y mi modo de ver las cosas era otro. Las subvaloraba. En ese gran colegio solamente estuve tres meses. Pudo más mi deseo por vagar, ir donde unos amigos cuya mamá los crió como verdaderos enemigos del estudio y allí apenas con 13 años me enamoré de la hermana que tenía 19. Ellos viajaron a otra ciudad. Un día mi madre me entregó el dinero para pagar el colegio y con el me compre un pasaje y me fui. Necesitaba a mi amor platónico. Estuve tres meses fuera. Mi papá me trajo de vuelta, me llevó nuevamente al colegio, me recibieron muy bien, me daban todas las facilidades para terminar el año, pero no quise. En 1968 ingresé a cuarto de secundaria. Un colegio feo, estuve dos meses. En la casa se dieron cuenta de mi inasistencia a los tres meses. Salía de la casa, me iba para la biblioteca nacional y allí permanecía hasta la hora aproximada del regreso. Todo terminó hasta que por fin llamaron del colegio a reportar mi ausencia. Esa misma rutina, la hice hasta el año 1969. Ingresé a quinto de secundaria. No tenía ni idea de química, física, etc. Cuatro meses permanecí. Iba a la biblioteca o llevaba un libro al aeropuerto o al parque nacional. Cierta vez, mi mamá me dijo que no siguiera así y me matriculó en un colegio de validación. Lógicamente, ese tipo de institución no era para un joven con esas ganas de estudiar. Un día me canse de tanto vagar y decidí volver a comenzar. Regrese a tercero y aunque no fue en un excelente colegio, termine secundaria y fui bachiller clásico. Ya juicioso, entré a la universidad. Superé esa dura época. Mi historia transcurrió en mi ciudad natal Bogotá. Allá en Colombia, parte de esa generación crecimos con los rezagos del castigo escolar y también de violencia en la familia. Las cosas fueron cambiando poco a poco. Hoy ya es diferente. La violencia se encuentra entre los mismos alumnos. En muchos casos los escolares agreden a los docentes, en otros, sus padres también lo hacen. Igualmente, se conoce de aumento de la violencia intrafamiliar y de golpizas entre padres e hijos. ¿Qué cambió? Cuando la letra con sangre entraba (8) Esta vez, la agresión física por parte de la señorita Salgado Nates, me dejo perplejo. Además de la humillación, el dolor en el cuello, la burla de mis compañeros, estaba el estupor de no poder creer que a esa edad aún se tuviera fuerzas para torturar. No conté nada en casa por la vergüenza y el miedo que tenía. Si mi papá se enteraba, la emprendiera también contra mí, no me creerían que el castigo había sido producto de la vil costumbre de la profesora. Mi mamá seguro que también me castigaría “por pendejo” y haberme dejado agredir. Lo mejor entonces fue quedarme callado. Desde ese día memoricé todo lo que decía la profesora de religión. No obstante, hice miles de frases como: “no debo perder el tiempo charlando en clase” o “Dios nos ve y por eso debemos aprovechar el tiempo”.No entendía como escudándose en Dios, se practicaba la violencia. Los curas del colegio en el que estuve unos pocos meses, también. Ahora esta educadora seguía en la misma línea y continuaba sus aberrantes prácticas con mis compañeros y todavía conmigo haciendo esas kilométricas planas. Pero todo cambio luego de las vacaciones de mitad de año, cuando la profesora quiso “degollar” a un compañero y él no hizo caso de colocar su cuello en el marco de la pizarra. Hubo un forcejeo y el tablero cayó, golpeando el brazo de la viejita educadora. El resultado fue: un brazo enyesado por el resto del año. Eso nos contaron, pero ella nunca más apareció por el salón Esa experiencia me influenció tanto, que desde ese segundo grado de secundaria ya no tenía ganas de seguir estudiando. Además la profesora de matemáticas, una bella venezolana, me castigaba a cada rato por que no entendía sus explicaciones. Entonces hacia donde mirara, oyera o me dirigiera estaba presente el castigo como una forma de educación. No recuerdo porque razón, ese colegio solamente ofrecía enseñanza hasta el segundo de bachillerato. Así que únicamente estuve un año bajo ese ambiente. Luego, por razones que no vienen al caso, tuve que ir solo a conseguir en donde seguir estudiando. Lógico que buscaría el más malo bajo la consigna que entre peor fuera, era posible que no encontrara ambientes de terror. Fue a partir de ese momento que mi vida escolar fue de fracaso en fracaso. Recuerdo que las clases de algebra, química, física, trigonometría, eran toda una sesión de tortura. Sus profesores eran verdugos. Sentía que tenía un imán con ellos, pues siempre me escogían para pasar al tablero. Odié esas asignaturas. Debido a ese miedo, hice unos pocos meses de tercero, otros de cuarto y algunos de quinto. En esa época recién el ministerio de educación había aprobado las validaciones. Así que ese fue un pretexto que usé para pasar de curso en curso. Claro que el asunto no fue así de fácil. Tuve que regresarme para empezar tercero y terminarlo. Así los demás años. Cuando por fin lo logre ser bachiller, ya pasaba los 20 años y mi educación fue una farsa total, pues conocí los peores colegios. Afortunadamente, mi hábito por la lectura me protegió contra los males que acechaban a todos los vagos de esa, mi generación. Cuando la letra con sangre entraba (7) Transcurrieron los años y seguí viviendo la violencia al igual que la gran mayoría de escolares de mi generación. Aunque los castigos físicos iban en disminución, los educadores de más edad que aún seguían en las aulas, la practicaban y no dejaba de aparecer por ahí, alguna maestra o maestro joven, con ímpetu de domador. Luego de que mis padres decidieron retirarnos del colegio en donde cursaba quinto de primaria, pasamos junto con mi hermano unos meses en casa. Claro que allí, también vivimos uno que otro golpe en la cabeza o el tradicional grito “no sea imbécil o bruto”, que nos lanzaba mi papá. Aún así estábamos felices de no madrugar. Fueron unos dos meses, más los 30 días de vacaciones de mitad de año. Luego nos matricularon en otro colegio pequeño muy cerca de la casa. Ahí terminamos la primaria. Ese tiempo fue absolutamente ajeno a cualquier forma de violencia, pero no porque fuéramos bueno estudiantes, sino porque jugamos más que lo que estudiamos. En cambio la entrada a la secundaria si fue más traumática. Cambiamos de casa, de barrio y obviamente hubo que buscar un plantel que nos quedara cerca. Nuestros progenitores no contaban con el tiempo para llevarnos o recogernos. Nuestro padre estaba recién egresado de la universidad y apenas comenzaba a trabajar. Mi madre, atendía a 10 hijos y además se desempeñaba como modista. El colegio elegido fue “De Nariño y Salgado Nates”. Nunca entendí ese nombre. Funcionaba en una elegante casona de esquina, frente a un parque. Lo único que supe era que sus propietarias eran las señoritas Salgado Nates, que ya frisaban los 75 años. La mayor dictaba religión y la otra urbanidad. Obviamente las directoras eran el modelo de la educación de principios del siglo XX y que funcionó así hasta finales de la década de los 70. No se podía disentir. Las lecciones se daban estrictamente de memoria. Los modales se aprendían y se debían practicar en todo momento. Tanto, que las viejecitas se asomaban por las ventanas de su colegio para ver como nos comportábamos a la hora del recreo que era en el parque. Un día, en clase de religión, mientras la profesora explicaba, me distraje y ella se dio cuenta. Me preguntó y no supe que responder. Sus lentes brillantes dejaban ver una mirada llena de furia. Fue hasta mi sitio me cogió de la oreja y me llevo al lado de la pizarra. Esta era un tablón de color verde, montada en un marco pintado de marrón y con dos patas que permitían cambiarla fácilmente de sitio. La pizarra podía voltearse y así el profesor continuaba escribiendo sin tener que borrar de inmediato.. Pues la señorita Salgado Nates, levantó unos centímetros la pizarra, me metió la cabeza entre el marco y la tabla y presionó. Sentí que mi cabeza se caía, afortunadamente ella no se sintió en ese momento haciendo el papel de verdugo profesional o si no…….a esa edad tan tierna hubiera perdido ya la cabeza.. De ahí en adelante con ella aprendí lo que era hacer kilométricas planas con frases como: Debo de ser buen estudiante, o debo mirar mal a mis profesores. Cuando la letra con sangre entraba (6) Mis estudios de primaria transcurrieron normalmente hasta cuarto. No fui reprendido, es decir castigado físicamente, por razones de estudio. El colegio en donde cursé cuatro años se llamaba muy tiernamente: Blanca Nieves. Allí estudiamos cuatro hermanos. Tres más y por lo chatos, hubiésemos sido los nuevos protagonistas del famoso cuento. Ese plantel lo dirigía Carmencita. Qué trato tan amable el que tuvimos allí, pero de un momento a otro cerró su colegio. Así que mis padres se encargaron de buscarnos otro. Y llegamos al Sagrado Corazón. No los cuatro, pero si con mi casi gemelo, Gabriel. Una comunidad religiosa lo dirigía y allí sí que nos hicieron llorar y hasta orinar del miedo. El castigo clásico era el de los golpes con una regla de madera en la palma de la mano. Y eso no era nada. Según me contaba mi abuelo Carlos, en su época, su padre hizo del cuero de una res, un rejo con cinco gajos. Así que cada golpe se quintuplicaba. ¡!!¡ufffffff¡¡¡¡ Bueno, en ese colegio había un cura extranjero, quien se desempeñó como el verdugo. Varias veces nos golpeó en las manos con un palo y también nos cacheteó. Ese trato nos hizo temerle al colegio. Mi hermano estaba más aterrado que yo. En varias ocasiones, con tal de no asistir, inducimos el vómito o nos dio repentinamente fiebre, después de poner el termómetro cerca al foco de la lámpara. No aguantamos tanta presión. Una vez lloramos tanto y de tal forma, que mi mamá por fin nos pidió que le contáramos cual era el motivo de nuestro miedo para ir al colegio. Así que al enterarse, nos retiro. Pero obvio, en la casa tuvimos que estudiar o sino las manos de nuestro padre nos lo hacia recordar. Por esa época, mi hermano Mauricio estaba estudiando en un colegio cercano. Cierto día mi abuelo me llevó al mercado y teníamos que pasar por ese lugar. Cual sería nuestra sorpresa al ver en el patio de ese establecimiento educativo, a nuestro pequeño familiar arrodillado, con las manos extendidas y sobre cada una: ¡un ladrillo! Le dije a mi abuelo que entráramos y lo rescatáramos. Me cogió muy fuerte de la mano y me dijo: - No jovencito. Están educando a su hermano. Quien sabe que hizo, Cuando salga que nos cuente. A mi me educaron con castigos peores. Y seguimos como si nada hubiese pasado. El corazón casi se me sale de la angustia. Cuando llegamos a la casa, llorando le conté a mi mamá esa terrible escena. Ella le hizo el reclamo al abuelo, sobre el porqué no había entrado y lo había librado de ese castigo. El viejo repitió lo mismo que ya sabía, pero con dato adicional bárbaro. -- Yo aprendí a leer, escribir, sumar y restar en la finca de mis padres. Y todo fue con castigos. Por eso soy educado, tengo buenas maneras, no digo lisuras, respeté a los mayores y…… -- Pero abuelo, le interrumpí, ¿también le ponían ladrillos o le pegaban con un palo? -- Peor que eso, respondió extremadamente serio. Para castigarnos, mi papá hizo una correa especial. De un pedazo de cuero de vaca, cortó un pedazo y le hizo cinco cortes. Lo dejo secar. Luego lo metió al agua un buen tiempo y lo sacó para que secara otra vez. Cuando estuvo listo ese rejo, nos llamó a todos y nos dijo: -- Les presento a don Pedro Moreno, que quita lo malo y pone lo bueno. De ahora en adelante el me ayudará con su educación. -- A los pocos días, yo fui el primero en estrenarlo, contó mi abuelo, con una risa extraña. La diferencia de don Pedro Moreno con otras correas, era que cada cuerazo, valía por cinco. Esa vez, me gané cinco. -- Y aquí estoy, finalizó. Cuando la letra con sangre entraba (5) Por E. Jhonny López Recordando este último episodio, daba gracias porque en esa época, fue un coscorrón y no un golpe en la parte anatómica correspondiente a mi pregunta. Muchos años después le recordé a mi papá ese episodio y me dijo: “Te pido me disculpes y por favor nunca vayas a transmitirle a tus hijos la violencia que yo viví, que fue la misma que mi padre soportó y que así fue a través del tiempo. Ojala puedas ir cambiando la cadena del maltrato, con eslabones de compresión”. Unas lágrimas se le escurrieron. Le acaba de facilitar una forma de desahogo. Bueno, en la medida que crecía, más acceso a material bibliográfico tenía. Y en esa misma medida otros conflictos creaba, pero esta vez con mis compañeros de aula. Pese a esa tremenda timidez que me acompañaba, intentaba participar en las clases, obvio que menos con las que tenían que ver con números y figuras geométricas. En español, leía y escribía aceptablemente. Me fascinaba la historia y me complicaba con las reglas de comportamiento del inolvidable Carreño en su manual de comportamiento. Obviamente los profesores me tenían en cuenta para preguntarme algunas cosas y eso mortificó a más de un compañero. - Miren el ejemplo de López. - Preocúpense por leer como su compañero López. - …el único que sabe el significado de esa palabra es López. - ……es que López…..aprenda de López….. ¿Qué creen que pasó? Eso. Lo que hoy llaman bronca, ese mismo sentimiento lo tuvieron muchos de mis compañeros. Y por destacarme, por gustarme la lectura y por ser notorio en el aula, las letras que con sangre aprendí, muchas veces estuvieron a punto de salirse debido a los puñetes y puntapiés que mis envidiosos compañeros me propinaron Pero también en mi hogar tuve algunos inconvenientes, pero con mi hermanos mayores. Era un orgullo para mi mamá, que su flaco hijito leyera así de bien. Cada vez que llegaba alguna visita me llamaba y ya sabía que sus amigas acababan de enterarse de mis aficiones y de la capacidad de leer en voz alta. Así que muchas veces asombré a los mayores, amigos de mis padres, y avergoncé a mis hermanos. Regularmente, luego de mi presentación y de una breve lectura, salía con monedas y algunas veces con chocolates. Tuve hasta mis admiradoras. Esta situación la supo aprovechar mi hermano Gabriel, quien al acecho estaba cuando con el dinero abandonaba la sala. Más de una vez me arrancó de la mano mi premio o me obligó a ir con él hasta la tienda para comprarle algún antojo. Cuando me sublevaba entonces se iba para la calle y esperaba que yo lo hiciera. Estaba por llegar a la bodega y me arrojaba piedras. Varias me escalabraron y muchas veces sangre me salió. Muchos chichones nacieron en mi cabeza. Mi abuela los disminuía con limón y un cuchillo que frotaba sobre el. Eran dos dolores, uno por el golpe y otro por salir de su efecto. Así que tuve una inusual compañera que me protegió: Una caja de cartón que me puse sobre la cabeza, después de hacerle unos huecos, para poder ver por donde caminaba. Todo eso…… por saber leer. Cuando la letra con sangre entraba (4) Por E. Jhonny López Muchas cosas favorecieron mi crecimiento como niño bien informado. Como ya lo dije el ejemplo lector y mi introversión, ayudaron, pero también que esa época era de muy pocas distracciones. Había un radio grande, en donde la familia unida escuchaba, las novelas del momento. Igualmente se sintonizaban las noticias. Esa parte netamente auditiva, sumada a la lectura, pues permitía crear mundos fascinantes en donde se soñaba jugando o se jugaba para soñar. La televisión ya existía, pero a mi cuadra se demoró muchísimo en llegar. Ya con la anuencia de los mayores de la familia leía sin ningún inconveniente. Gozaba de libertad para leer lo que llegara, pero cuando de hacer preguntas se trataba, mi cabeza corría el riesgo grande de ganarse su tradicional cocotazo. Claro, un niño de seis años, lector de tiempo completo, requiere de alguien que haga de diccionario oral. Quien más me servía, era mi tío, quien especialmente los fines de semana me absolvía las dudas Otras veces mi abuelo. En cuanto a mi papá lo pensaba mucho, pues me acordaba de sus reacciones a la hora de la lectura que se hacía "sagradamente" antes de almorzar. Pero en mi candidez y ganas de mostrarme ya como un lector todo terreno, como dirían ahora, decidí hacerle una pregunta a mi padre. Estaba él en el comedor. Leía un material relacionado con su estudio. Me acerqué y le interrogué: -- Papi, por favor me puedes explicar qué son testículos. Fue como si le acabara de hacer algo. Saltó del asiento, se puso colorado, me miró y zas, un cocotazo cayó en mi cabecita. --¡Qué está leyendo? !Vamos me muestra esa porquería de libro que tiene escondido¡ Y me agarró de la mano y casi arrastrándome me llevó a la habitación. Mis hermanos miraban atónitos la escena. Sobre mi cama estaba el libro culpable: Lecciones de Defensa Personal. El párrafo en cuestión explicaba: "Tome a su adversario de los testículos......" Observé la expresión de vergüenza de mi papá. Pero no me dijo nada. Salió silenciosamente. Mucho después, ya viejo, comprendí que esa educación ultra religiosa, más las imperfecciones de la época y las de mi padre y una pregunta "sexual" de un niño, no cayeron nada bien para el momento y menos para ese contexto social en que me desenvolvía. Cuando la letra con sangre entraba (3) Por E. Jhonny López No había nada que hacer. El miedo a los cocotazos, o de pronto a unos correazos era grande. Lo mejor era permanecer escondido. Pasaron algunos minutos y la voz de temblorosa de mi mamá se escuchó en la habitación del tío Jaime: - Jaime, le dijo, ¿usted no notó nada raro en el comportamiento de ese niño? -No, nada, además a esa edad que extraño puede haber. Debe de estar aquí en la casa, en alguna parte. Ya se ha averiguado en el vecindario y no lo han visto. Dicen además que últimamente sale poco. Alguien preguntó si lo tenían castigado. Mientras tanto, allí a pocos metros, en medio de tantos libros y revistas, tendido en el piso, el miedo a salir me hizo dormir. No se cuanto tiempo pasaría pero seguro que estaba soñando que amanecía en la isla en donde estaba y el sol me cayó sobre los ojos. Acababan de halar la puerta. No alcance a abrir sino un solo ojo, cuando la voz del tío resonó: Aquí está, vengan. De inmediato y como mecanismo de defensa comencé a llorar. En tropel subió toda una manada. Y entre ellos había hasta un policía, claro el que cuidaba la cuadra. Mi papá fue el primero en llegar y cuando me tomo de la mano y me iba a dar el primer golpe, mi mamá lo detuvo: - No Álvaro, esta vez no lo castigue. Preguntémosle que ha pasado, pero luego que coma algo. Y protegido por ella, nos abrimos paso en medio de la familia, vecinos, policía y hasta el bodeguero andaba por allí. Después de un café muy caliente y unos emparedados de queso y jamón, mi madre me puso la pijama, me acostó y con ternura me dijo que le contará porque me había escondido. - Estaba leyendo en el cuartito de Jaime. Eso lo hago hace tiempo. Me encierro y como el llega hasta la noche pues aprovecho y leo sus revistas, el periódico y leo y ojeo libros. - Pero porque no había dicho antes, me respondió. - Porque la abuela me ha prohibido que coja las cosas que no son mías. Una vez me pellizcó para que no lo hiciera. Pero me gusta leer. - Bueno, hablaré a ver como arreglamos este asunto. Mientras tanto le contaré a su papá para que se tranquilice y no le vaya a castigar. Que duermas y me dio su bendición. Desde esa noche tuve autorización de mi tío para leer sus publicaciones y nada menos que en la sala, en su sillón favorito. Y él fue quien comenzó a comprarme libros y a indicarme en su biblioteca cuales eran interesantes. Mi papá me puso a leer en voz alta la vida de San Juan Bosco, antes de almorzar. En todo caso fue un excelente ejercicio, aunque algunas veces me gané uno que otro cocotazo. Hasta ese momento creí firmemente que ya por el resto de mis días no recibiría ningún castigo por algo que tuviera que ver con la lectura, pero me equivoqué. La cultura de la letra con sangre entra, aún estaba vigente en algunas mentes. Cuando la letra con sangre entraba (2) Por E. Jhonny López Rememoraba, como poco a poco me fui convirtiendo en la clandestinidad en un ávido lector. Al hacerlo, confieso que en mi gusto por la lectura tuvieron influencia mi papá, su hermano Jaime, el esposo de una tía y obviamente Merceditas, la profesora que me pellizcó para que aprendiera a leer. Mi papá leía mucho por varias razones: Estudiaba en la universidad, trabajaba para la parroquia y era devoto católico. Por lo tanto, siempre lo relacioné con los libros. Además a la hora del almuerzo, antes de orar, leía apartes de la vida de un santo y preguntaba. Quien no respondía, se ganaba un cocotazo y a almorzar a la cocina. Mi tío estaba suscrito al diario El Tiempo, cada semana llegaba la revista deportiva “Estadio” y cada mes, Life en español y Selecciones. Tuve también una influencia del esposo de una tía que era alemán. Le llegaban cantidad de revistas en ese idioma. No entendía nada, pero la capacidad de expresión de las fotografías lo decían todo. Además lo escuchaba en su español enredado, hablar con propiedad de muchos temas. Estos ejemplos más la capacidad para leer y el reto de hacerlo como los grandes me motivaron tanto que comencé a las escondidas. Claro, en esa época, un niño no podía leer cualquier impreso pues podía encontrar algún material no apto para su edad y también podía romper el texto que leía. Además se destacaban ciertas características de personalidad como la timidez lo cual me permitió sentirme mejor con los libros y revistas. Imitaba a mi padre. Tomaba un libro y lo leía mientras caminaba por el corredor de esa amplia casa. Claro, al comienzo una que otra caída. Miraba los textos de la universidad e intentaba descifrar o de pronto me atrevía a preguntarle sobre algún significado con el riesgo de ganarme otro cocotazo por no saber o por atreverme a mirar algo que no era mío, o por ser material de adultos, en fin. El material que llegaba a mi tío era colocado sagradamente sobre el escritorio de su habitación. Hasta allí llegaba pero como la puerta permanecía abierta, varias veces mi abuela me pillo leyendo y me pellizco o regañó por leer lo que no era mío: “Ni ojo en carta ni mano en plata”, me repetía. Parecía como si leer fuera un delito. Fue así como descubrí lo fascinante que es leer a escondidas, a la luz de una vela y porque no, chamuscando y a punto de hacer incendios. La única alternativa era escondido. En mi casa lo hacía escondiéndome en una alacena, a la que afortunadamente le entraba luz. Donde mi tío, guardándome en un cuartito que quedaba dentro de su habitación y que él usaba como bodega de sus publicaciones. Era espectacular. Allí se concentraba el olor del papel y se apretaban libros y libros de tal forma que parecía que algunos títulos podría saltarse y salir volando. Era el caso de la colección de libros de Emilio Salgari y de la enciclopedia de La Juventud, material que lentamente fui digiriendo y con los cuales me inventé las más grandes aventuras. Bueno, la puerta del cuartito aquel tenía sus dificultades para abrir. La única forma de descifrarlo era mirando como mi tío accionaba la llave y que otra maroma hacía. Con la disculpa de una tarea basada en una enciclopedia pude por fin darme cuenta cómo se abría la puerta. Desde ese momento y casi por un año tejí en las tardes viajes y más viajes a todos los rincones del planeta y….!todo gratis¡. Bueno eso pensé hasta que un día me quedé dormido, pasaron las horas y como no me vieron, llamaron a la policía. La búsqueda fue intensa, el vecindario se movilizó. Las lágrimas rodaron y cuando me desperté, mi tío ya estaba ahí en la habitación. Ahora sí que debía quedarme allí. Cuando la letra con sangre entraba (1) Por E. Jhonny López Hace unos días observé en una revista la portada de la cartilla La Alegría de Leer. Sí, ese texto en donde mis hijos efectivamente leyeron y lo hicieron contentos. Sin traumas ni nada que se le parezca. Recordé entonces que mi proceso para ser lector fue todo lo contrario. En esa época, comenzando los años 60, quedaban los rezagos del régimen del terror educativo; aquel que mis padres y sus padres y demás padres lo recordaban con los ojos desorbitados y voz temblorosa…..cuando la letra con sangre entraba. Y así fue. Las vocales, el abecedario y mis primeras palabras fueron pronunciadas con voz entrecortada, las piernas coloradas y las lagrimas rodando. Merceditas me enseñó a formarme como lector: Una cartilla que se llamaba Charry, sus uñas largas, voz gruesa, mirada disecada y repita una y otra vez, así aprendí. Por ello mi primer razonamiento tuvo que ver precisamente con la lectura: Para aprender a leer se necesitan pantalones cortos: así la profesora puede pellizcarte mejor en las piernas cuando lees mal. Imposible de olvidar entonces, ese dolor que subía y se quedaba ahí hasta el otro día, cuando la marca que desaparecía era reemplazada por otra. Los fines de semana, la tortura llegaba y esas veces era por el lado paterno. Venga a leer. Sí señor. A ver en donde van La i con la gle…… ¿Con qué papá? Bueno, ¿entonces que dice ahí? Iiiii gleeee siiii aaaaaa ¿Y ahí? Mmmmmm, ahhhh ¿no sabe? Y me ganaba un coscorrón. ¡A ver! y otro y cuando ya iba a decir pum, el otro. Entonces el viejo se justificaba diciendo: - ¿Se da cuenta? para que lea bien, hay que pegarle Entonces mi cerebro fabricó el segundo racionamiento: Demórate en decir la palabra correcta. Sólo así el coscorrón tardará en llegar a tu cabeza. Apenas tenía cuatro años. Era un suplicio levantarse para ir al salón de tortura, que diga de clases. El inolvidable colegio se llamaba Josefa del Castillo. Era de esos planteles de barrio y dirigido por una amiga de mi mamá. Llegue allá porque mi hermano Gabriel, dos años mayor, no quiso asistir solo al kínder. Me necesitaba a su lado, para hacerme llorar por el camino con sus diabluras o reírse cuando por su culpa me castigaban y me ponían un gorro puntiagudo que decía burro y así modelaba toda la clase en un rincón del salón Y mientras a él lo mimaban, a mí, a la fuerza, me inyectaron una a una las letras. Sigamos antes que mis recuerdos traumáticos se enreden en la telaraña del tiempo. Cuando ya pude desenvolverme en el mundo de los letrados, más golpes me daba la vida. Mi papá estaba suscrito a un periódico. Mi tío a las revistas Selecciones y Life en español. No sabía a esa edad de lo importante que es no leer las publicaciones ajenas cuando están nuevas. Aprendí que nada molesta más a un suscriptor que encontrar que otros ojos y manos han manoseado su material de lectura y peor aún, que les hayan roto el plástico que las protege. ¡Violación1¡ Si, cabizbajo lo reconozco, a los cinco años y con esos deseos de leer, cometí excesos. Pagué mis culpas con más coscorrones, pero me volví un experto en leer todo lo que llegaba sin que se dieran cuenta del ilícito. |